El otro día, tomando una caña, un buen amigo me pedía consejo. Es jefe de proyectos desde hace muy poco y dirige un equipo, el cual, como todos, está sometido a una gran presión por sus objetivos. Me decía que las dinámicas de los miembros de su equipo son muy diferentes y que entonces se “volvía loco” intentando adaptarse a unos y otros y que al final se sentía perdido, todo eso le costaba mucho y se sentía agotado mentalmente. Cerraba su exposición diciéndome algo que en las sesiones de coaching escucho con cierta asiduidad: Es que yo soy así. Una frase que le había dicho un miembro de su equipo.

No pude evitar sonreír… Se dio cuenta enseguida que la frase me resultaba familiar. Comencé a explicarle que hay múltiples versiones, a saber: Es que yo soy muy sincero. Es que yo no puedo cambiar. Es que yo…

Todos son versiones de la misma excusa, la creencia limitante de que eso que creemos, pensamos, o esa forma de actuar, es inamovible. Y nada más lejos de la realidad, pero claro, es que el cambio supone un gran esfuerzo e invertir mucha energía en ello.

Así que al final nos refugiamos en esa excusa, dándole valor a eso que nos hace convertirnos en verdad absoluta, además, los que nos rodean nos tienen que aceptar porque “somos así”.

Cuando dirigimos equipos nos encontramos ante una variedad de personalidades, tantas como miembros del equipo, y el líder debe enfocar a todos hacía los objetivos que se proponen como grupo, haciéndoles ver que valen y son más fuertes como equipo que por la suma de sus componentes. ¿Pero qué pasa cuando chocas con: yo soy así?

A ver, nuestra personalidad es la forma que tenemos de actuar ante ciertas situaciones y es nuestra forma de relacionarnos con nuestro entorno. Y dicha personalidad va evolucionando con los años, los cambios, las personas que nos encontramos, etc.

Es complicado cuando un miembro del equipo enarbola esa bandera: Yo soy así, y los demás tienen que “adaptarse” a ello. Al final por mucho que desde fuera reciba estímulos o motivación, es la persona la que tiene que tomar conciencia de que forma parte de ese equipo y decidir cómo quiere relacionarse con el y con qué actitud.

El cambio es posible, por mucho que nos digamos a nosotros mismos que no lo es, siempre podemos hacerlo. A pequeños pasos, más rápido o más lento, avanzando y volviendo atrás, creando nuevos hábitos que nos permitan relacionarnos de una forma “más sana” con los demás y con nosotros mismos, sacando lo mejor de nosotros. Porque al final si el equipo avanza todo unido y nosotros somos los que nos quedamos atrás, será como si nuestro coche tuviera una rueda pinchada y no la cambiásemos, en algún momento, el coche se detendrá y habrá que realizar los cambios necesarios para que vuelva a ponerse en marcha.